martes, 12 de mayo de 2026

Semilla subterránea

La melancolía irremediable habitaba en sus ojos de mulato, siempre humedecidos como su huerto; el breve Edén de mi infancia.

Desde hace años, su figura se había transformado en una especie de amuleto espectral. Sabíamos que siempre estaba en su silla, al lado del fuego. Casi no hablaba, pero su presencia siempre nos tranquilizó.  Era hijo del feudo. A los siete años se aferró a la vida para no morir de frío y en el alma le creció una llama que incineró la esclavitud de sus ancestros. 
 
Mis padres le trabajaban al patrón por sacos de trigo. Éramos muchos hermanos y los sacos no alcanzaban. Yo comencé a trabajar desde muy chico, porque teníamos que pagar la deuda. 
 
Rodrigo y yo lo escuchábamos con atención al lado de la salamandra, mientras una cáscara de naranja se derretía impregnando la cocina, evocando aroma a verano en medio de un invierno lluvioso. 
 
Terminé de pagar la deuda cuando ya era un hombre grande. Además, le compré una yunta de bueyes a mis padres. No quería que volvieran a pedirle fiado al patrón 
 
Esa noche, su mente comenzaba a divagar como un pájaro taciturno. Quizás por eso se atrevió a soltar las palabras que tenía reprimidas y aprovechó de hablarnos sobre el milagro de la tierra. 
 
Hay que humedecerla, prepararla, hablarle. Nosotros no le servimos a ella; ella nos sirve a nosotros. Hay que amarla como a la vida misma. 
 
Ray Loriga dice que la memoria es el perro más estúpido, que le lanzas un hueso y te trae cualquier cosa. Yo discrepo. Si cierro los ojos, aún puedo verlo en su silla de madera, con la mirada escondida tras su boina. Aún puedo palpar las calas y tomates que plantamos juntos, y que desaparecieron unidos a una casa violentada por el tiempo y el espacio. Todavía puedo respirar el olor de su harina tostada y observarlo comiendo un pavito, deteniéndome en el movimiento de sus mandíbulas cuadradas. Todas las navidades me recuerdan a la del año 2002 en que lo retraté sonriendo. Conservo ese instante decisivo como el mayor tesoro; un pedazo de eternidad materializado, un objeto que ha trascendido a la muerte. 

Partió un día de enero del año 2007. Lo lloré sin saber que mi amor crecería con el tiempo.  Mi abuelo fue una semilla subterránea.





4 comentarios:

  1. Qué hermoso relato! Que gran persona y abuelo era nuestro tata! Que grandes recuerdos y enseñanzas nos entregó y dejó. Saludos prima.

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  2. Qué hermoso relato. Se me revolvió todo.
    Gracias por compartirlo.
    Claudio

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  3. Mi padre un hombre noble, trabajador y respetado. Hermoso relato.

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