viernes, 22 de mayo de 2026

Poemastro

 Aquí lanzo estas palabras 


que pretenden ser una adarga, 


un poema de caballería, 


una canción de piano y violín. 


 


Estas palabras son una saeta 


lanzada por un ballestero triste, 


un invasor sediento entre tus tierras 


que va en busca de aguas subterráneas. 


 


Estas palabras serán la profecía 


de una generación incendiaria, 


que se aferrará con nostalgia  


al polvo del pasado. 



 

Mientras tanto volveré a ser esa niña 


que abrió los ojos en medio de la noche 


y se enamoró de las constelaciones 


expuestas en el ventanal metálico de una casa desaparecida. 


 


Resguardaré la inocencia 


entre fantasmas de vino tinto 


y me encomendaré a la primera estrella que ilumine tu cama.


Ella será testigo de esto que promete ser amor;


un carro de fuego impactado por un fenómeno aleatorio 


que se rebeló contra la coordenada del espacio-tiempo


y se atrevió a jugar a los dados con el universo. 

martes, 12 de mayo de 2026

Semilla subterránea

La melancolía irremediable habitaba en sus ojos de mulato, siempre humedecidos como su huerto; el breve Edén de mi infancia.

Desde hace años, su figura se había transformado en una especie de amuleto espectral. Sabíamos que siempre estaba en su silla, al lado del fuego. Casi no hablaba, pero su presencia siempre nos tranquilizó.  Era hijo del feudo. A los siete años se aferró a la vida para no morir de frío y en el alma le creció una llama que incineró la esclavitud de sus ancestros. 
 
Mis padres le trabajaban al patrón por sacos de trigo. Éramos muchos hermanos y los sacos no alcanzaban. Yo comencé a trabajar desde muy chico, porque teníamos que pagar la deuda. 
 
Rodrigo y yo lo escuchábamos con atención al lado de la salamandra, mientras una cáscara de naranja se derretía impregnando la cocina, evocando aroma a verano en medio de un invierno lluvioso. 
 
Terminé de pagar la deuda cuando ya era un hombre grande. Además, le compré una yunta de bueyes a mis padres. No quería que volvieran a pedirle fiado al patrón 
 
Esa noche, su mente comenzaba a divagar como un pájaro taciturno. Quizás por eso se atrevió a soltar las palabras que tenía reprimidas y aprovechó de hablarnos sobre el milagro de la tierra. 
 
Hay que humedecerla, prepararla, hablarle. Nosotros no le servimos a ella; ella nos sirve a nosotros. Hay que amarla como a la vida misma. 
 
Ray Loriga dice que la memoria es el perro más estúpido, que le lanzas un hueso y te trae cualquier cosa. Yo discrepo. Si cierro los ojos, aún puedo verlo en su silla de madera, con la mirada escondida tras su boina. Aún puedo palpar las calas y tomates que plantamos juntos, y que desaparecieron unidos a una casa violentada por el tiempo y el espacio. Todavía puedo respirar el olor de su harina tostada y observarlo comiendo un pavito, deteniéndome en el movimiento de sus mandíbulas cuadradas. Todas las navidades me recuerdan a la del año 2002 en que lo retraté sonriendo. Conservo ese instante decisivo como el mayor tesoro; un pedazo de eternidad materializado, un objeto que ha trascendido a la muerte. 

Partió un día de enero del año 2007. Lo lloré sin saber que mi amor crecería con el tiempo.  Mi abuelo fue una semilla subterránea.





sábado, 2 de mayo de 2026

El acontecimiento

 


Bebía una taza de café mientras observaba el noticiero nocturno que se mostraba más alarmista que de costumbre. Hace algunos días la zona sur del país estaba siendo azotada por una fuerte tormenta que no había sido advertida por el servicio meteorológico. A él no le sorprendía, desde hace tiempo había catalogado a los sistemas dinámicos como una metáfora de la mente humana y sabía que, tarde o temprano, terminaban siendo absolutamente caóticos. 

Los cristales de la mampara amortiguaban los goterones de lluvia que, mezclados con la luz cálida de las farolas, transformaban la entrada principal de su casa en un cuadro impresionista. El observaba la escena mientras los ruidos provocados por el temporal disminuían la voz de la televisión y se impregnaban en su cabeza. Los párpados se le hacían pesados, pero se negó a dormir hasta que el mareo aturdidor del cansancio lo lanzó inconsciente sobre el sofá.  Despertó horas más tarde, aún medio aturdido, luego de que el vendaval tomase uno de los ridículos enanos de yeso que habitaban en su jardín para azotarlo contra el plato inferior de la pileta que, desde hace años, emanaba una sustancia parecida a la de los pantanos. 

Aquella noche se cumplían dos décadas desde que había decidido renunciar a las palabras. Las comenzó a odiar desde muy temprana edad, luego de que ninguna le complaciera a la hora de explicar sus emociones. Se le agolpaban en la lengua, bajaban por la garganta y se atoraban allí, provocando una sensación de ahogo que no se marchaba hasta que un grito estridente salía, no solo de su boca, sino de su ser entero. 

Con el pasar de los años concluyó que no las necesitaba y las siguió repudiando, acusándolas de haberse posicionado como una reina tirana en la construcción mental de los seres humanos, impidiendo la posibilidad de la observación profunda, esa que permite desarrollar la intuición.

Durante una cena familiar, preparada para recibir el año 1997, hizo un brindis con una frase que logró ser comprendida muchos años después, y aquello fue lo último que pronunció en la vida:

- A la salud del hombre primitivo, que se comunicaba telepáticamente.

Los rumores no se hicieron esperar. Muchos especialistas intentaron descifrar su perfil psiquiátrico, pero ninguna de las teorías fue satisfactoria para su madre. Ella fue la primera en comprender que nada volvería a ser igual y, sabiamente, decidió aceptar lo inevitable aferrándose a esa intuición benigna y púdica que tienen todas las mujeres que aman.

- Siempre fue diferente mi hijo, algo extraño; pero buena persona. No discutía cuando lo regañaba. Poseía una humildad que terminaba haciéndome sentir culpable, por eso dejé de interferir en sus decisiones aun cuando se equivocaba. ¿Qué puedo hacer ahora?, para ser honesta, ahora que no habla me siento más conectada con él, hay mucha ternura en sus ojos, ¿no lo ven?


Ella era la única que reconocía esa ternura - o quizás la imaginaba - pero esa convicción era suficiente para no abandonarlo y hacerle llegar a diario un plato de comida caliente. Si lo visitaba de mañana, lo encontraba sentado en el mismo sofá en el que aquella noche de tormenta cayó aletargado. Si lo visitaba de tarde, solo encontraba los platos encima de la mesa, tan perfectamente limpios y ordenados, que parecían dar las gracias. 

Era común verlo recorriendo la ciudad, observando cada detalle con una agudeza que nunca nadie sospechó. Reconocía la rutina de las personas con las que coincidía en el trayecto. Sonreía con la reiteración de señales que pasan desapercibidas, e incluso se maravillaba con la perfección matemática con la que muchos se desplazaban: la misma cantidad de pasos entre la escuela y el depósito de aguas convertían en semejantes a seres profundamente opuestos. 

Conocía la hora exacta en la que se abrían los locales comerciales. Por lo mismo, intuyó antes que la policía lo confirmara, que el barbero del local 8 había muerto una cálida noche de abril. Lo imaginó tendido en su cama, con el televisor en pantalla blanca, emitiendo ese ruido que solo puede ser soportado cuando el silencio, a causa de la soledad, resulta doloroso. 

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Esa noche, un enanito ridículo azotó contra la pileta que escupía agua turbia, como la de un pantano. Adán se asomó al jardín y se quedó unos minutos bajo la tormenta. El misterio de lo que ocurrió en aquel lugar fue develado muchos años después, cuando ya a nadie podía importarle.

Cuando las condiciones climáticas dejaron de obedecer al caos, una mujer entró a una casa. El horror hizo que un plato de comida caliente se soltara de sus manos. Claudicó por primera vez ante el rótulo de locura para referirse a su único hijo, quien permanecía con los ojos vendados frente a una pared donde se leía una frase: 

YA NO PUEDO VER NADA MÁS, PORQUE HE VISTO A DIOS.

Seguramente,  aquellas letras dibujadas en el descascarado tabique del comedor fue lo último que observó en su vida.