Bebía una taza de café mientras observaba el noticiero nocturno que se mostraba más alarmista que de costumbre. Hace algunos días la zona sur del país estaba siendo azotada por una fuerte tormenta que no había sido advertida por el servicio meteorológico. A él no le sorprendía, desde hace tiempo había catalogado a los sistemas dinámicos como una metáfora de la mente humana y sabía que, tarde o temprano, terminaban siendo absolutamente caóticos.
Los cristales de la mampara amortiguaban los goterones de lluvia que, mezclados con la luz cálida de las farolas, transformaban la entrada principal de su casa en un cuadro impresionista. El observaba la escena mientras los ruidos provocados por el temporal disminuían la voz de la televisión y se impregnaban en su cabeza. Los párpados se le hacían pesados, pero se negó a dormir hasta que el mareo aturdidor del cansancio lo lanzó inconsciente sobre el sofá. Despertó horas más tarde, aún medio aturdido, luego de que el vendaval tomase uno de los ridículos enanos de yeso que habitaban en su jardín para azotarlo contra el plato inferior de la pileta que, desde hace años, emanaba una sustancia parecida a la de los pantanos.
Aquella noche se cumplían dos décadas desde que había decidido renunciar a las palabras. Las comenzó a odiar desde muy temprana edad, luego de que ninguna le complaciera a la hora de explicar sus emociones. Se le agolpaban en la lengua, bajaban por la garganta y se atoraban allí, provocando una sensación de ahogo que no se marchaba hasta que un grito estridente salía, no solo de su boca, sino de su ser entero.
Con el pasar de los años concluyó que no las necesitaba y las siguió repudiando, acusándolas de haberse posicionado como una reina tirana en la construcción mental de los seres humanos, impidiendo la posibilidad de la observación profunda, esa que permite desarrollar la intuición.
Durante una cena familiar, preparada para recibir el año 1997, hizo un brindis con una frase que logró ser comprendida muchos años después, y aquello fue lo último que pronunció en la vida:
- A la salud del hombre primitivo, que se comunicaba telepáticamente.
Los rumores no se hicieron esperar. Muchos especialistas intentaron descifrar su perfil psiquiátrico, pero ninguna de las teorías fue satisfactoria para su madre. Ella fue la primera en comprender que nada volvería a ser igual y, sabiamente, decidió aceptar lo inevitable aferrándose a esa intuición benigna y púdica que tienen todas las mujeres que aman.
- Siempre fue diferente mi hijo, algo extraño; pero buena persona. No discutía cuando lo regañaba. Poseía una humildad que terminaba haciéndome sentir culpable, por eso dejé de interferir en sus decisiones aun cuando se equivocaba. ¿Qué puedo hacer ahora?, para ser honesta, ahora que no habla me siento más conectada con él, hay mucha ternura en sus ojos, ¿no lo ven?
Ella era la única que reconocía esa ternura - o quizás la imaginaba - pero esa convicción era suficiente para no abandonarlo y hacerle llegar a diario un plato de comida caliente. Si lo visitaba de mañana, lo encontraba sentado en el mismo sofá en el que aquella noche de tormenta cayó aletargado. Si lo visitaba de tarde, solo encontraba los platos encima de la mesa, tan perfectamente limpios y ordenados, que parecían dar las gracias.
Era común verlo recorriendo la ciudad, observando cada detalle con una agudeza que nunca nadie sospechó. Reconocía la rutina de las personas con las que coincidía en el trayecto. Sonreía con la reiteración de señales que pasan desapercibidas, e incluso se maravillaba con la perfección matemática con la que muchos se desplazaban: la misma cantidad de pasos entre la escuela y el depósito de aguas convertían en semejantes a seres profundamente opuestos.
Conocía la hora exacta en la que se abrían los locales comerciales. Por lo mismo, intuyó antes que la policía lo confirmara, que el barbero del local 8 había muerto una cálida noche de abril. Lo imaginó tendido en su cama, con el televisor en pantalla blanca, emitiendo ese ruido que solo puede ser soportado cuando el silencio, a causa de la soledad, resulta doloroso.
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Esa noche, un enanito ridículo azotó contra la pileta que escupía agua turbia, como la de un pantano. Adán se asomó al jardín y se quedó unos minutos bajo la tormenta. El misterio de lo que ocurrió en aquel lugar fue develado muchos años después, cuando ya a nadie podía importarle.
Cuando las condiciones climáticas dejaron de obedecer al caos, una mujer entró a una casa. El horror hizo que un plato de comida caliente se soltara de sus manos. Claudicó por primera vez ante el rótulo de locura para referirse a su único hijo, quien permanecía con los ojos vendados frente a una pared donde se leía una frase:
YA NO PUEDO VER NADA MÁS, PORQUE HE VISTO A DIOS.
Seguramente, aquellas letras dibujadas en la descascarada pared del comedor fue lo último que observó en su vida.
